Nieve en Santiago.
Algo extraordinario
sucedió para cada santiaguino la madrugada del sábado 15 de julio. No escapé a
esta alegría y disfruté de caminar en la nieve, de tirarnos copos entre amigos
y hasta debí resistir la tentación de hacer un monito de nieve. Fotografías,
poses, comentarios y videos, También hice el mío propio. Al comenzar la
filmación ante majestuoso espectáculo me detuve a contemplar la belleza de la
nieve, lo blanca que se permite ver ante la luminosidad de la luna, lo hermosa
que estaba en los árboles, en los juegos infantiles, en techos y plazas… Un
espectáculo para quienes vivimos en Santiago de Chile.
Era además lo que faltaba
para descomprimir el aire social de fin de semana, muchos entredichos en las
redes sociales, proyectos de ley que amenazaban a uno u otro bando, debates,
denostaciones, burlas. Y yo ahí mirando la nieve, contemplando y recordando las
palabras del Señor… “si tus pecados fueren como la grana (rojo o colorado),
como la nieve serán emblanquecidos…” Y yo allí parado viendo caer esta belleza blanca
desde los cielos, cual mensajera que anuncia sutilmente, mientras se posa en la
tierra -“los cielos cuentan la gloria de Dios y el Firmamento anuncia la obra
de sus manos…” Quedaba dar gracias al Señor por su verdadera y única
Majestuosidad, quedaba agradecer el recordatorio, pues saltaba a la vista que
la revelación general de Dios tenía su mensaje claro para una ciudad manchada
por el pecado, y yo con ella. Sí, porque el pecado de mi ciudad también es mi
pecado, porque la devastación espiritual también es mi devastación, porque la
inmundicia de mi pueblo también es mi inmundicia, y otra vez venía a mi memoria
la Palabra del Señor… “por cuanto Todos Pecaron” y todos es todos. Así que
quité esa nieve de mis ropas y volví a casa, oraba al Señor desde la oscuridad
y silencio de mi habitación para que nos perdone, para que haya un despertar de
sus hijos al celo de la Palabra Viva suya y que no veamos a nuestros vecinos,
amigos y actores sociales de diferentes ideologías como los enemigos, sino como
los sujetos de mi predicación, de mi proclamar del evangelio de la salvación,
del mensaje de Cristo y del perdón de los pecados. No como ajeno, cuando en
verdad Cristo fue al calvario a morir por los pecados, sin embargo, no debo
olvidar que yo también soy causa de que Cristo muriera en la cruz. Alguna vez
también fui enemigo de Dios, alguna vez mi indecencia y mi suciedad deshonró al
Señor Jesús y hoy que me ha perdonado no puedo olvidar además de agradecer
aquel triste y hermoso sacrificio.
La nieve me recordó que
los pecados son perdonables, que la suciedad del alma se puede limpiar con la
Palabra de Dios. Que Jesús el mesías prometido aceptó morir en vicaria afrenta
e ignominiosa actitud. Isaías hizo el llamado en su tiempo, a los príncipes de
Sodoma, a quienes tenían sus manos “llenas de sangre”, de quien Dios decía
estar airado, a quienes su alma aborreció, de quienes dijo estar “cansado de soportarles”
… No obstante, dispuesto al perdón y la limpieza ante el arrepentimiento de su
pueblo.
Cuán majestuosa es la
paciencia de Dios, al ver nuestras iniquidades, al ver nuestras inmundicias, al
oír nuestras soberbias declaraciones, al querer hacer guerra social, al
levantar una contra revolución sexual, al levantar nuestros dedos justicieros,
y por otro lado recibir con afrenta el reproche, hacer risa de las palabras de
los sabios… Y Dios esperando que sus Hijos doblen las rodillas para creer que
la oración del justo puede mucho, para creer al Señor cuando dice “Clama a mí y
yo te responderé”.
Cuán majestuosa es la
misericordia de Dios al no darnos lo que merecemos.
Cuán majestuosa es la
Gloria de Dios.
Y la nieve acabó.
Sucumbió ante el sol y el correr de los días, sólo las montañas nos siguen
recordando que las calles de nuestra capital se vistieron de blanco, nos
recuerdan que majestuosa es la “blanca montaña”. Pero al mirarla no puedo sino
recordar que los pecados de mi ciudad necesitan del perdón de Dios, que
Majestuoso es Aquel que nos perdona y nos ama. Alzaré mis ojos a la majestuosa
montaña y preguntaré ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi Socorro viene del Señor,
de su Majestuosidad, de Aquel que erguido nos mira desde la Montaña santa.
