Una de las figuras más hermosas
que refleja la relación de Dios con su pueblo, en cualquier tiempo de la
historia, es la figura del pastor. Dios es el pastor de Israel y también el
Pastor de su Iglesia, de esa manera se ha relacionado con su pueblo desde el
Génesis hasta el Apocalipsis. De la misma manera cuando el pueblo buscaba la
guía del Señor lo hacía cómo un rebaño de ovejas, hasta el día hoy, cuando la
iglesia del Señor se reúne, lo hace desde la convicción de haberse congregado
como el Rebaño del Señor.
Existe una variedad exquisita de
pasajes que hacen alusión al Señor como el Pastor de su rebaño. Por ejemplo en
Génesis 49 al leer los paradigmas de Jacob respecto a sus hijos, en el
versículo 24 se hace un paréntesis para mencionar a Dios como “… el nombre del
Pastor, la Roca de Israel”. Aunque es sabido que los pasajes clásicos para
mencionar al Señor como pastor han sido Salmos 23 y juan 10, esto no detiene
que toda la Escritura Inspirada menciona el Ministerio Pastoral del Señor. Lo
que llama la atención es que no siempre damos este crédito al Espíritu Santo,
ya sea porque es muy obvio o porque pensamos que no tiene que ver con él.
Lo cierto es que este Ministerio
Pastoral del Espíritu Santo se desarrolla con mucha claridad en la Biblia, así
que, si podemos decir que Jehová es nuestro pastor, o que el Señor Jesús es el
Buen Pastor, bien podemos decir también que el Espíritu Santo pastorea su
rebaño para hacerse nombre glorioso.
En el libro de Isaías capítulo 63
versículo 14, el Señor en su Palabra hace referencia a este Ministerio pastoral
del Espíritu Santo en la vida de su pueblo, enseñándonos lo importante que es
la guía del Espíritu para nuestras almas. En este pasaje la idea de pastorear
es también la de arrear, en la Septuaginta podemos leerlo de la siguiente manera:
“y como ganado por llanura; descendió
espíritu de ante el Señor y guióles; así llevaste tu pueblo, para hacerte
nombre de gloria” . Otra versión traduce: “cual ganado que desciende al
valle. El Espíritu de Yavéh los llevó a descansar. Así guiaste a tu pueblo,
para hacerte un nombre glorioso. Así es como en el Antiguo Testamento existe
este hermoso pasaje que nos enseña la manera de actuar del Espíritu Santo al
respecto, de como Él nos arrea como a ganado hacia el valle de delicados pastos
donde claramente habla de descanso, pastoreo, confort, guía.
Claramente el Espíritu Santo es
la guía que el ser humano necesita para poder llegar a formar parte de la
familia de Dios. Él es quien nos convence de pecado, de justicia y de juicio, y
no sólo eso sino que también es la clara evidencia de que somos hijos de Dios.
En el Nuevo Testamento también
encontramos este Ministerio pastoral del Espíritu Santo, quien guía al rebaño
de Dios. Romanos 8:14 dice: “Porque todos los que somos guiados por el Espíritu
de Dios, estos son hijos de Dios”. Pero entonces podría surgir la legítima
pregunta ¿de qué manera el Señor por medio de su Espíritu realiza esta labor en
su iglesia? En primer lugar él nos guía hacia la comunión muy íntima con el
Padre, a través del convencimiento de pecado nos pone en su iglesia, nos acerca
a Jesús y definitivamente nos lleva al tipo de relación que Dios quiere tener
con cada uno de sus hijos. En segundo lugar el versículo 15 de Romanos 8 nos
instruye a que hemos recibido espíritu de adopción por el cual clamamos Abba
Padre, este tipo de relación sólo la puede tener un verdadero hijo de Dios
quien puede entrar libremente y con confianza al trono de la gracia y encontrar
misericordia y gracia del Señor (heb 4.16)
Es por medio del Espíritu Santo que
somos separados de la esclavitud que nos ataba al mundo y a una vida llena de
vicios y de malas influencias, es el Santo Espíritu de Dios quien nos libera de
la perdición y nos pone en la Casa de Dios como hijos herederos, puesto que “ya
no eres esclavo” dice el Señor en Gálatas 4.6 sino “por cuanto sois hijos, Dios
envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: Abba Padre!!”
La expresión “Abba Padre””, que
también la podemos encontrar en Marcos 14.36, es un término arameo que utiliza el
Señor Jesús para dirigirse al Padre en una relación muy íntima y que nos invita
a detenernos y meditar en que la confianza en el Señor es nuestra tremenda
seguridad de ser hijos, así como Cristo es hijo, es una posición extraordinaria
de heredero del Reino de los Cielos y de
muy íntima relación que nos permite llamar a nuestro Dios “Papito”, no existe
una posición más sublime para un ser humano que la de ser hecho hijo de Dios y
poder intimar de esta manera.
Entonces ¿Cómo podemos saber que
nuestra posición en Cristo es tal, que nada ni nadie nos pueda hacer pensar
distinto? Debido a que muchos usan el término “seguridad de salvación” pero con
conceptos distintos de lo más puramente objetivo, es que para este artículo he
querido usar el término testimonio,
no sólo tenemos que estar seguros sino tener el testimonio de que somos salvos
y que somos hijos de Dios. Esto no quiere decir que sus prácticas le otorgarán
salvación pero sí quiere siempre decir que su testimonio hablará por usted de
que es un hijo nacido de lo Alto, y no sólo eso, sino que “el Espíritu Santo
mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”. En la
novela Ben Hur de Lewis Walace, el joven Judá Ben Hur recibe de un alto
funcionario de gobierno la adopción como hijo, esto le dio una nacionalidad
romana, una herencia en propiedades y un título honroso. Sin embargo para el
joven Ben Hur el acto mismo de haber sido liberado como esclavo y puesto en una
familia como hijo y presentado por el mismísimo “padre” en la sociedad romana,
representa el más claro testimonio de que existe un vínculo entre su padre
adoptivo y él. El Testimonio llevó a Ben Hur a ser reconocido por la sociedad,
así como el Testimonio nuestro nos lleva a ser reconocidos como los hijos de
Dios en esta sociedad ¿pero delante del Señor? Aquí es cuando el Espíritu Santo
da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos delante del Padre, por tal
razón y tal gracia es que tenemos la presencia misma del Espíritu en nuestras
vidas como firme garantía de que somos hijos de Dios, que Dios el Padre nos
intima tiernamente y nos trata cercanamente, nos gloriamos en su presencia,
tenemos acceso al trono de la gracia, somos amados y guiados hacia lo más
profundo del ser de Dios mismo. Con esto en mente ¿serán comparables las
aflicciones presentes a la gloria venidera?
Dios Bendiga nuestras vidas y el
Espíritu guíe como un rebaño nuestras almas…
Pr. Christian Contreras S
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