Desde el origen de la Historia
humana existe una rebelde tendencia de los individuos por tomar distancia de su
Creador, hacerlo a un lado ha sido la predisposición de muchos hombres que han
dejado una triste huella indeleble en otros congéneres y lo que es peor aún
muchos siguiendo sus pasos han olvidado al Señor de los Cielos y Tierra. Esto
no sólo ha ocurrido en lugares áridos y mundanos, también el pueblo del Señor
se ha visto afectado o infectado a tal grado de apartarse de quien les ha
rescatado del abismo infernal de la perdición. Dios, quien en su Hijo Eterno se
ha manifestado para salvación, ha sido poco a poco relegado a un obscuro y frío
rincón de nuestras banales experiencias. Sin embargo, cada día despertamos a
nuevas realidades que debieran desafiarnos a una búsqueda de gran profundidad
espiritual. El nuevo hombre del nuevo milenio debiera tomar las llaves de su
vida y entregarlas a su Señor en un acto de obediencia y renuncia a su alter
ego y permitir que Cristo reine en su vida y en sus decisiones cualquiera que
estas sean, aun por sobre nuestra felicidad y nuestras propias realizaciones
personales. No es extraño saber de buenos hermanos que han sido un heraldo para
otros y que ahora han quedado eliminados en el camino, a expensas de las
aflicciones y dardos encendidos del enemigo que van haciendo de sus vidas una
vacía existencia. Pastores que dejaron el camino y el rebaño, hermanos que
abandonaron su espada y caminan solos en medio de lobos, y muchos otros que
están a la puerta del abismo y el abandono, intentando encontrar una razón para
no abandonar la iglesia, ni a sus hermanos ni mucho menos apartarse del Señor.
Sin embargo, al igual que la
respuesta a Elías el profeta, el Señor tiene respuestas para las almas que
sienten el desamparo y el deseo de querer abandonarlo todo para saciarse de
algarrobas o simplemente mirar con nostalgia las ollas de Egipto, sus cebollas
y sandías. Aun hay quienes no han doblado sus rodillas a baal, ni a otros
dioses extraños, y saben que en lo más profundo de su alma, el Espíritu Santo
está obrando para bien. Encaminar nuestras vidas hacia el Señor no es tarea
fácil, nunca lo ha sido, no obstante existen directrices que pueden ayudarnos a
ser más llevadero este peregrinaje por el desierto de nuestras almas, en
momentos difíciles podemos recordar las promesas del Señor como lo hizo
Nehemías, podemos reaccionar con esfuerzo como Josué y aun podemos expresar a
Dios nuestro deseo de seguir adelante a pesar de las circunstancias como lo
hizo el rey David, y si esta actitud funcionó en días del reino davídico, bien
puede ser una actitud en el reino de los Cielos.
En primer lugar, podemos
encaminar nuestro corazón hacia el Señor si ponemos nuestro afecto en su obra. 1ª
de Crónicas 29 nos ofrece un hermoso panorama acerca de cómo el rey de Israel
había puesto su afecto en la casa de Dios, en el versículo tres él dice “…por cuanto tengo mi afecto en la casa de mi
Dios”. Ciertamente para David era un honor servir al Señor e invertir en un
proyecto tan grande como la construcción del Templo de Jerusalén, por tal razón
él no sólo había visto con gozo que Dios escogiera a su hijo para tal empresa
sino que había puesto su pasión y su tesoro a tal servicio. Otras traducciones
de este pasaje usan frases tales como “en
mi amor por la casa del Señor”, “porque mi deseo está…”. Había en David
amor por la obra, pasión y deseo en lo que Dios estaba haciendo… La obra del
Señor sólo podemos realizarla de manera efectiva cuando todo nuestro ser
(espíritu. Alma y cuerpo) están puestos en Cristo con santidad y dedicación,
cuando el objeto de nuestro amor determina mis actitudes (Deut. 6.5 Y amarás a
Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas)
Es muy cierto que el corazón es engañoso y hasta perverso ( Jeremías 17:1,9)
pero esto es cuando hay pecados clavados con hierro, no obstante la lectura
progresa y determina una respuesta que debemos considerar ya que la pregunta en
versículo 9 de Jeremías 17 es “¿Quién lo conocerá?” Podemos decir con gran esperanza
que el Señor lo conoce y Jeremías luego escribe en v.14 “Sáname, oh Jehová, y
seré sano, sálvame, y seré salvo; porque tú eres mi alabanza”.
El rey David no había
comprometido riquezas estatales para construir la Casa del Señor, más bien de
su propia cuenta personal había tomado lo mejor, “oro de ofir” dice que
presentó para la construcción del Templo. Esto implica, sin lugar a dudas, la
calidad de su afecto, puesto que no ofreció de lo que sobraba sino lo mejor que
tenía, el mejor oro era para su Dios. Isaías 13.12 puede aclararnos esto: “Haré más precioso que el oro fino al varón,
y más que el oro de Ofir al hombre”. Este lugar (Ofir) jamás ha sido
encontrado y sólo aparece en tres porciones de la Escritura, sin embargo la
ambición de la humanidad les ha llevado a querer encontrar la ubicación exacta,
la película “Las Minas del Rey Salomón” basada en la novela inglesa H. Rider
Haggard es una clara muestra del interés que ha causado las riquezas que dieron
origen a la construcción del Templo de Salomón. Pero, ¿Qué nos enseña esto?
Otros mirarán nuestro ejemplo, otros sabrán de nuestra pasión, puesto que es
nuestra pasión una arenga lanzada para producir efectos tremendamente
revolucionarios. Y es aquí donde debemos detenernos un momento y preguntarnos
¿cuán apasionados somos por la Obra de Dios? ¿Qué tan involucrados debemos
estar? ¿Cuánta pasión nos debe mover hacia Cristo? y en palabras del Rey David
y del texto en estudio ¿y quién quiere hacer hoy ofrenda voluntaria a Jehová?
Muy interesante resulta que David
estaba hablando de su afecto al Señor y su obra y de lo que él mismo daría como
ofrenda, pero no quedó ahí puesto que invitó a otros a ser parte de esta gran
hazaña histórica. Esto me hace pensar que en segundo lugar podemos encaminar
nuestras almas hacia el Señor renunciando a nuestros intereses y siendo activos
contribuyentes en la Casa del Señor. El pueblo mismo se alegró de ser parte de
la obra, 1ª Crónicas 29.9 “y se alegró el pueblo por haber contribuido
voluntariamente; porque de todo corazón ofrecieron a jehová voluntariamente”.
El contribuir para la iglesia del Señor con nuestros recursos debiera producir
en nosotros alegría, puesto que algunos dan con tristeza y esperando siempre
que el Señor les devuelva lo que “ofrendaron”. Pero el apóstol Pablo nos enseña
que no debemos hacer nuestras ofrendas con tristeza, ni por necesidad, porque
Dios ama al dador alegre, y entendemos que el amor es la respuesta que Dios
tiene a un ser que ama dando de sus recursos al Dios que sustenta su vida.
Existe gozo en el dar y alegría que hacen que nuestra vida espiritual
permanezca dando frutos de justicia y una cercanía muy espiritual con el Señor.
Nótese que no es una cuestión de cantidades ni necesidades, sino de cuanto
afecto tengo por la obra de Dios, de ahí el gozo y alegría al dar.
Por último, nos acerca más al Señor
el acto mismo de reconocerle. No permitirnos glorias personales que sólo traen
frustraciones, no creer falsamente que somos gestores de grandes movimientos
espirituales o sucesos que sólo podríamos hacer nosotros y no otros. Dar la
gloria debida a Dios, a su nombre, es lo que nos debe hacer sentir plenos. Es
Dios por sobre todo lo demás lo que nos acerca a él mismo, él nos atrae con
cuerdas de amor, David bendijo al Señor delante de toda la congregación en una
oración gloriosa: “Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria,
la victoria y el honor…” El rey se
preguntaba ¿Quién soy yo y quien es mi pueblo? Y la respuesta no se hizo
esperar: “…las riquezas y la gloria proceden de ti, y tu dominas todo… nosotros
extranjeros y advenedizos somos delante de ti, como todos nuestros padres, y
nuestros días sobre la tierra, cual sombra que no dura…”
Los primeros cristianos
entendieron bien esto. Por eso no dudaban en vender propiedades, cambiar de
dirección, criar de manera distinta a sus hijos, etc… Algunos nunca tuvieron un
lugar donde vivir ni mucho menos un medio de movilización propia o ropa de
marca, sin embargo les acercaba al señor su profundo afecto hacia él y hacia su
obra… “y dejándolo todo le siguieron” era habitual en el mundo del Nuevo
Testamento.
David cierra este episodio de una
manera magistral que ha venido a ser mi oración también:
“Yo sé, Dios mío, que tú escudriñas los corazones, y que la rectitud te
agrada; por eso yo con rectitud de mi corazón voluntariamente te he ofrecido
todo esto, y ahora he visto con alegría que tu pueblo, reunido aquí ahora, ha
dado para ti espontáneamente. Jehová, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel
nuestros padres, conserva
perpetuamente esta voluntad del corazón de tu pueblo, y encamina su corazón a
ti.”
Dios les bendiga. pr. Christian Contreas
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