sábado, 20 de febrero de 2016

Encaminando el corazón hacia el Señor


Desde el origen de la Historia humana existe una rebelde tendencia de los individuos por tomar distancia de su Creador, hacerlo a un lado ha sido la predisposición de muchos hombres que han dejado una triste huella indeleble en otros congéneres y lo que es peor aún muchos siguiendo sus pasos han olvidado al Señor de los Cielos y Tierra. Esto no sólo ha ocurrido en lugares áridos y mundanos, también el pueblo del Señor se ha visto afectado o infectado a tal grado de apartarse de quien les ha rescatado del abismo infernal de la perdición. Dios, quien en su Hijo Eterno se ha manifestado para salvación, ha sido poco a poco relegado a un obscuro y frío rincón de nuestras banales experiencias. Sin embargo, cada día despertamos a nuevas realidades que debieran desafiarnos a una búsqueda de gran profundidad espiritual. El nuevo hombre del nuevo milenio debiera tomar las llaves de su vida y entregarlas a su Señor en un acto de obediencia y renuncia a su alter ego y permitir que Cristo reine en su vida y en sus decisiones cualquiera que estas sean, aun por sobre nuestra felicidad y nuestras propias realizaciones personales. No es extraño saber de buenos hermanos que han sido un heraldo para otros y que ahora han quedado eliminados en el camino, a expensas de las aflicciones y dardos encendidos del enemigo que van haciendo de sus vidas una vacía existencia. Pastores que dejaron el camino y el rebaño, hermanos que abandonaron su espada y caminan solos en medio de lobos, y muchos otros que están a la puerta del abismo y el abandono, intentando encontrar una razón para no abandonar la iglesia, ni a sus hermanos ni mucho menos apartarse del Señor.
Sin embargo, al igual que la respuesta a Elías el profeta, el Señor tiene respuestas para las almas que sienten el desamparo y el deseo de querer abandonarlo todo para saciarse de algarrobas o simplemente mirar con nostalgia las ollas de Egipto, sus cebollas y sandías. Aun hay quienes no han doblado sus rodillas a baal, ni a otros dioses extraños, y saben que en lo más profundo de su alma, el Espíritu Santo está obrando para bien. Encaminar nuestras vidas hacia el Señor no es tarea fácil, nunca lo ha sido, no obstante existen directrices que pueden ayudarnos a ser más llevadero este peregrinaje por el desierto de nuestras almas, en momentos difíciles podemos recordar las promesas del Señor como lo hizo Nehemías, podemos reaccionar con esfuerzo como Josué y aun podemos expresar a Dios nuestro deseo de seguir adelante a pesar de las circunstancias como lo hizo el rey David, y si esta actitud funcionó en días del reino davídico, bien puede ser una actitud en el reino de los Cielos.
En primer lugar, podemos encaminar nuestro corazón hacia el Señor si ponemos nuestro afecto en su obra. 1ª de Crónicas 29 nos ofrece un hermoso panorama acerca de cómo el rey de Israel había puesto su afecto en la casa de Dios, en el versículo tres él dice “…por cuanto tengo mi afecto en la casa de mi Dios”. Ciertamente para David era un honor servir al Señor e invertir en un proyecto tan grande como la construcción del Templo de Jerusalén, por tal razón él no sólo había visto con gozo que Dios escogiera a su hijo para tal empresa sino que había puesto su pasión y su tesoro a tal servicio. Otras traducciones de este pasaje usan frases tales como “en mi amor por la casa del Señor”, “porque mi deseo está…”. Había en David amor por la obra, pasión y deseo en lo que Dios estaba haciendo… La obra del Señor sólo podemos realizarla de manera efectiva cuando todo nuestro ser (espíritu. Alma y cuerpo) están puestos en Cristo con santidad y dedicación, cuando el objeto de nuestro amor determina mis actitudes (Deut. 6.5 Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas) Es muy cierto que el corazón es engañoso y hasta perverso ( Jeremías 17:1,9) pero esto es cuando hay pecados clavados con hierro, no obstante la lectura progresa y determina una respuesta que debemos considerar ya que la pregunta en versículo 9 de Jeremías 17 es “¿Quién lo conocerá?” Podemos decir con gran esperanza que el Señor lo conoce y Jeremías luego escribe en v.14 “Sáname, oh Jehová, y seré sano, sálvame, y seré salvo; porque tú eres mi alabanza”.
El rey David no había comprometido riquezas estatales para construir la Casa del Señor, más bien de su propia cuenta personal había tomado lo mejor, “oro de ofir” dice que presentó para la construcción del Templo. Esto implica, sin lugar a dudas, la calidad de su afecto, puesto que no ofreció de lo que sobraba sino lo mejor que tenía, el mejor oro era para su Dios. Isaías 13.12 puede aclararnos esto: “Haré más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir al hombre”. Este lugar (Ofir) jamás ha sido encontrado y sólo aparece en tres porciones de la Escritura, sin embargo la ambición de la humanidad les ha llevado a querer encontrar la ubicación exacta, la película “Las Minas del Rey Salomón” basada en la novela inglesa H. Rider Haggard es una clara muestra del interés que ha causado las riquezas que dieron origen a la construcción del Templo de Salomón. Pero, ¿Qué nos enseña esto? Otros mirarán nuestro ejemplo, otros sabrán de nuestra pasión, puesto que es nuestra pasión una arenga lanzada para producir efectos tremendamente revolucionarios. Y es aquí donde debemos detenernos un momento y preguntarnos ¿cuán apasionados somos por la Obra de Dios? ¿Qué tan involucrados debemos estar? ¿Cuánta pasión nos debe mover hacia Cristo? y en palabras del Rey David y del texto en estudio ¿y quién quiere hacer hoy ofrenda voluntaria a Jehová?
Muy interesante resulta que David estaba hablando de su afecto al Señor y su obra y de lo que él mismo daría como ofrenda, pero no quedó ahí puesto que invitó a otros a ser parte de esta gran hazaña histórica. Esto me hace pensar que en segundo lugar podemos encaminar nuestras almas hacia el Señor renunciando a nuestros intereses y siendo activos contribuyentes en la Casa del Señor. El pueblo mismo se alegró de ser parte de la obra, 1ª Crónicas 29.9 “y se alegró el pueblo por haber contribuido voluntariamente; porque de todo corazón ofrecieron a jehová voluntariamente”. El contribuir para la iglesia del Señor con nuestros recursos debiera producir en nosotros alegría, puesto que algunos dan con tristeza y esperando siempre que el Señor les devuelva lo que “ofrendaron”. Pero el apóstol Pablo nos enseña que no debemos hacer nuestras ofrendas con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre, y entendemos que el amor es la respuesta que Dios tiene a un ser que ama dando de sus recursos al Dios que sustenta su vida. Existe gozo en el dar y alegría que hacen que nuestra vida espiritual permanezca dando frutos de justicia y una cercanía muy espiritual con el Señor. Nótese que no es una cuestión de cantidades ni necesidades, sino de cuanto afecto tengo por la obra de Dios, de ahí el gozo y alegría al dar.
Por último, nos acerca más al Señor el acto mismo de reconocerle. No permitirnos glorias personales que sólo traen frustraciones, no creer falsamente que somos gestores de grandes movimientos espirituales o sucesos que sólo podríamos hacer nosotros y no otros. Dar la gloria debida a Dios, a su nombre, es lo que nos debe hacer sentir plenos. Es Dios por sobre todo lo demás lo que nos acerca a él mismo, él nos atrae con cuerdas de amor, David bendijo al Señor delante de toda la congregación en una oración gloriosa: “Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor…” El rey se preguntaba ¿Quién soy yo y quien es mi pueblo? Y la respuesta no se hizo esperar: “…las riquezas y la gloria proceden de ti, y tu dominas todo… nosotros extranjeros y advenedizos somos delante de ti, como todos nuestros padres, y nuestros días sobre la tierra, cual sombra que no dura…”
Los primeros cristianos entendieron bien esto. Por eso no dudaban en vender propiedades, cambiar de dirección, criar de manera distinta a sus hijos, etc… Algunos nunca tuvieron un lugar donde vivir ni mucho menos un medio de movilización propia o ropa de marca, sin embargo les acercaba al señor su profundo afecto hacia él y hacia su obra… “y dejándolo todo le siguieron” era habitual en el mundo del Nuevo Testamento.
David cierra este episodio de una manera magistral que ha venido a ser mi oración también:
“Yo sé, Dios mío, que tú escudriñas los corazones, y que la rectitud te agrada; por eso yo con rectitud de mi corazón voluntariamente te he ofrecido todo esto, y ahora he visto con alegría que tu pueblo, reunido aquí ahora, ha dado para ti espontáneamente. Jehová, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel nuestros padres, conserva perpetuamente esta voluntad del corazón de tu pueblo, y encamina su corazón a ti.”

Dios les bendiga. pr. Christian Contreas

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